En esta Historia de la Literatura empezamos un nuevo capítulo con la intención de recopilar escritores y escritoras que a lo largo de la historia se han atrevido a romper patrones culturales y lo han hecho a través de sus plumas. Personas que directa o indirectamente han escrito y publicado en contra de los sistemas políticos, religiosos y sociales. Autores que deciden poner por escrito lo que pertenecía a la tradición oral; autoras que a pesar de ser mujeres y pertenecer a sistemas patriarcales, se atreven a escribir; hombres y mujeres que desafían el mandato religioso y escriben más allá de lo que deberían; gente que ha dibujado e interpretado el mundo sin importar el régimen prestablecido y cuyas obras han marcado un referente en la historia de la literatura.
La voz de James Baldwin resuena a la hora de pensar las cuestiones raciales, de cultura, de identidad de género y de justicia social. Escribió novelas, ensayos, discursos y obras de teatro. Se convirtió en activista y una figura pública en la lucha de los derechos civiles. De su obra literaria se desprende un llamado urgente a la justicia en todas sus acepciones.
Holden Caulfield, el protagonista de la novela más conocida del J.D. Salinger, “El guardián entre el centeno” (1951), se convirtió en el símbolo de la juventud de la post guerra. Salinger fue una de las plumas más transgresoras de la literatura estadounidense del siglo XX por crear ese personaje adolescente que rechazó y criticó las construcciones culturales y sociales; que se rebeló contra los adultos y sus contradicciones y que se volvió símbolo arquetípico de una incesante búsqueda de coexistencia. La reseña de The New York Times del 15 de julio de 1951 hecha por el periodista James Stern se refiere al personaje del libro que se acababa de publicar así: “Ese Holden descubre que el mundo está lleno de personas que dicen una cosa pero quieren decir otra, y eso no le gusta; odia las películas, a los farsantes, a los engreídos, a los libros mediocres y la guerra. Sí que odia la guerra” (“The New York Times Book Review: 125 Years of Literary History”, The New York Times Company, 2021, p. 151, traducción libre). Pero la transgresión del escritor estadounidense fue más allá de su famoso Holden, pues detestó la fama que le supuso la publicación de la novela: se negó a dar entrevistas, giras promocionales y desconfió siempre de la prensa. Se aisló durante muchos años de todo el ruido mediático que significaba la vida de un escritor de renombre.
Carson McCullers fue una de las voces más relevantes de la literatura estadounidense. Su transgresión radica en una prosa aguda que refleja las contradicciones y la intensidad de los sentimientos en diálogo directo con un país herido de racismo y segregación de género. La escritora estadounidense centró su pluma en la búsqueda interior. Sus personajes fueron personas solitarias y marginadas que estuvieron en constante exploración. “El aislamiento del individuo es el gran tema de McCullers”, afirmó Stefan Bollmann en “Women Who Write are Dangerous” (Abbeville Press Publishers, 2018, p. 134). Un hombre al que solo le quedaba un año de vida: su forma de relacionarse con las personas generaba una visión diferente del tiempo, como en “Reloj sin manecillas” (1961), víctimas de discriminación social en “El corazón es un cazador solitario” (1940) o seres incomprendidos o que no tienen voz, como en “Frankie y la boda” (1946).
La pluma de Boris Pasternak fue muy transgresora porque se atrevió a cuestionar al régimen soviético. Fue víctima de persecución política, como muchos otros escritores de su tiempo durante el gobierno de Stalin. No fue encarcelado, como sí lo fueron otros intelectuales y artistas, quizá porque ya gozaba de reconocimiento internacional.
El periódico español La Vanguardia calificó a la italiana Elsa Morante como “uno de los siete mayores escritores de Europa” (“Letras sobre letras, 1988, p. 29, citada por Mara Mennella en “La obra de Elsa Morante en la prensa española”, “Revista: estudios humanísticos”, 42). Su pluma fue transgresora en varios sentidos: en primer lugar, por una prosa en la que expresó de manera poética duras realidades, por la riqueza emocional de sus novelas, por su compromiso con las causas sociales, por su diatriba contra los extremismos políticos, por su crítica hacia el consumismo y la deshumanización, y por la forma como yuxtapuso la historia colectiva con su vida personal. De hecho, en una de sus obras, tal vez la más célebre y controversial, “La historia” (1974), Morante fundió “la grande y universal historia, en forma de crónica de los acontecimientos más relevantes del siglo XX, con la pequeña y particular historia de sus desamparados personajes de ficción, hasta construir dos relatos: la historia del poder y la historia de las víctimas del poder” (Prólogo de Juan Tallón de “La historia”, Elsa Morante, Lumen, 2018, p. 5).
E.M. Forster: la aceptación de la otredad. El escritor inglés Edward Morgan Forster supo retratar con sutileza los problemas sociales de su país yuxtapuestos a una visión íntima del comportamiento humano. Sembró la semilla de lo que más adelante sería la aceptación de la diferencia; para Forster las personas tenían que superar las barreras de las convenciones sociales preestablecidas. Sus escritos sirvieron de puentes culturales gracias a sus viajes a India, Italia, Grecia y Egipto.
Federico García Lorca fue un poeta nato que supo fusionar lo popular y lo culto; lo antiguo y lo nuevo; lo espontáneo y lo reflexivo; lo español y lo universal. Pero, además, sus versos transgredieron la usanza del momento al resucitar el romance tradicional y recrear la antigua poesía de cancionero y la lírica del juglar.
La pluma de Sylvia Plath es una de las más intensas, honestas, conmovedoras y transgresoras de la literatura anglosajona del siglo XX. Su escritura, que rompe con las convenciones literarias y sociales, refleja tanto su dolor y sufrimiento personal como su lucha radical contra las construcciones culturales patriarcales. Asimismo, su poesía innovadora enfrenta el tabú de las enfermedades mentales.
Bárbara Becker-Cantarino, en su artículo “Voces del segundo sexo”, explica que Plath es una de las herederas de esa necesidad de expresión del “yo” femenino: “[…] Plath intentó encontrar una salida al perpetuo delirio femenino: el idilio de la joven hermosa y perfecta como ama de casa, madre y escritora”.
La de Samuel Beckett fue una de las plumas más transgresoras del siglo XX. Fue uno de los principales exponentes del experimentalismo literario y del teatro del absurdo. Su escritura se caracterizó por la austeridad formal y el minimalismo, ya que llevó al límite la reducción de aparatos narrativos o escénicos; también, por explorar las angustias del hombre moderno: la falta de comunicación, la búsqueda de significado de la existencia, el tedio y la precariedad de la condición humana. De la misma manera, se valió del humor negro y la tragicomedia para expresar las incongruencias de la sociedad y la pesadumbre de los individuos.
Pablo Neruda fue un poeta prolífico, un referente fundamental no solo de las letras latinoamericanas, sino de la poesía universal. Se desempeñó además como político y diplomático. Su pluma fue transgresora por sus posturas políticas y su compromiso social; por su desempeño controversial en algunos de sus cargos diplomáticos; por el estilo de sus versos; por su mensaje sencillo, realista y a la vez vanguardista; por sus cantos apasionados al amor y a la naturaleza.
Vera Caspary fue una de las autoras elegidas por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para la colección de novela negra “El séptimo círculo”. En efecto, la estadounidense merecía un lugar en esa maravillosa colección donde los escritores argentinos eligieron a los mejores autores que, por referencia a La comedia de Dante, deberían estar en el círculo de los asesinos. Su obra abarca no solo novela, sino también guiones de cine, teatro y cuentos. Pero su pluma no solo fue transgresora por insertarse en el canon americano de la novela negra y en el centro de la producción cinematográfica de Hollywood, sino porque supo yuxtaponer varias de las preocupaciones de género y sociedad en la estructura de su obra.
La belga Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour, más conocida como Marguerite Yourcenar, fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa en 1980; una de las escritoras más importantes del siglo XX y un referente fundamental de la literatura francófona. Su obra —poesía, novela, relatos, ensayos y traducciones— se caracterizó por una mirada aguda y cuidadosa de la condición humana.
La italiana Grazia Deledda fue la segunda mujer en ganar el Premio Nobel de literatura, pero su pluma no fue transgresora únicamente por este hecho. También la certeza de que era necesario marginalizarse de una sociedad opresiva y juzgadora le permitió avanzar en sus letras y en su intelectualidad: después de sus primeras publicaciones, sus conciudadanos sardos la condenaron severamente por apartarse de los presupuestos católicos y sociales que debían regir el comportamiento femenino. Además de su vasta obra literaria, la escritora fue una observadora cuidadosa de la sociedad, de las costumbres, leyendas, mitos y, sobre todo, del papel de la mujer en su Cerdeña natal.
La pluma de Robert fue tan compleja como fascinante y transgresora. Desafió géneros y convenciones literarias preexistentes; su vida estuvo marcada por la búsqueda intelectual de la condición humana; autor de una de las obras más ambiciosas e influyentes de la modernidad: El hombre sin atributos, inacabada, publicada en dos volúmenes entre 1930 y 1943. Ignacio Echavarría utiliza las notas póstumas de Albert Camus en las que se refirió al tema de Musil como “la búsqueda de la salvación del espíritu en el mundo moderno”. Dice: “Se trata, sin embargo, de eso mismo, nada menos: del espíritu, sí, y de la modernidad, y de su salvación. Y de la búsqueda de esa salvación a través de la literatura. Una búsqueda en la que, pese a haber quedado inconclusa, El hombre sin atributos llegó hasta extremos jamás vislumbrados, y dejó señalado un rumbo que muy pocos se han atrevido a seguir, quizá por las exigencias que plantea, por la altura vertiginosa a la que discurre” (La literatura admirable, dir, Jordi Llovet, Pasado y Presente, 2018, p. 575).
Con una pluma tan poética como combativa, Miguel Ángel Asturias rompió las fronteras entre lo mítico y lo político, entre lo real y lo maravilloso, para fundar una literatura enraizada en la identidad latinoamericana y comprometida con la denuncia social.
Las transgresiones de la pluma del guatemalteco Miguel Ángel Asturias fueron varias: la fusión en la literatura de la mitología indígena con las problemáticas sociales y políticas de la región; la utilización de un estilo vanguardista y moderno, que integró elementos surrealistas y la combinación de lo fantástico con lo político. Asimismo, estableció las bases de la novela de dictador en América Latina y se convirtió en un referente de las letras universales.
El francés Jean Genet fue escritor, dramaturgo, poeta y activista político. Su pluma encaja con exactitud milimétrica en la categoría de “pluma transgresora” porque su vida y obra estuvieron marcadas, precisamente, por la transgresión en muchos sentidos. En primer lugar, cuestionó con sus escritos los valores morales y éticos de la sociedad a través de una minuciosa exploración de la marginalidad social. Afirmó David Galloway: “El propósito que lo guía (a Genet en sus obras) es echar por tierra los valores burgueses y obligar a todo el mundo a aceptar la parte oscura de su yo, creando una ética de la drogadicción, el robo, la estafa, la homosexualidad y el homicidio, exactamente opuesta a la convencional (negadora de la vida y, por ende, absurda), que sus personajes tienen prohibida”. (“Historia de la literatura”, V6, Akal, 2004 p. 652). Segundo, fue uno de los representantes, junto con Franz Kafka, Samuel Beckett, Eugène Ionesco o el mismo Albert Camus, de la llamada “literatura del absurdo”, aquel movimiento literario, sobre todo expresado en el teatro, que propuso la falta de sentido de la existencia humana y la dificultad en la comunicación de las personas atrapadas en realidades incomprensibles. Tercero, su vida estuvo marcada por la marginalidad de la sociedad. De hecho, una de sus obras más relevantes, “Journal d’un voleur” (“Diario de un ladrón”, 1948), fue una biografía que escribió estando preso: “En este diario no quiero disimular las otras razones que me hicieron ladrón. La más simple fue la necesidad de comer. No obstante, en mi elección nunca intervinieron la rebeldía, la amargura o la ira”.
Aldous Huxley fue, sin duda, una pluma transgresora que previó las nefastas consecuencias del totalitarismo, las guerras, la necesidad de los seres humanos de imponer su voluntad, rechazar la otredad y la ambición de poder que regía el comportamiento social, junto con el progreso y los riesgos de la ciencia. Afirmó el académico Eberhard Kreutzer: “Huxley nos advierte de los peligros que acechan a las sociedades industriales de masas y de concentración de poderes, pero nos advierte también sobre todo de la inconsciente aplicación de los conocimientos científicos” (Historia de la literatura, Akal, v. 6 p. 200).
El poeta, ensayista, crítico literario, editor y traductor norteamericano Ezra Pound fue considerado un escritor transgresor y controversial en diversos sentidos: en primer lugar, fue pionero del llamado del “imagismo”, aquel movimiento en la poesía anglosajona de principios del siglo XX que procuraba la precisión de una imagen con un lenguaje claro y sencillo, sin adornos ni artificios: “Las caras en la multitud, pétalos de flores sobre un fondo negro”, por ejemplo, era un poema muy corto en el que predominaba la imagen y lograba evocar una sensación inmediata.
En la historia de la literatura china, Lu Xun ocupó un lugar fundamental. Fue un escritor que desafió las convenciones seculares al escribir en el idioma del pueblo y adentrarse en las tendencias narrativas modernistas que ya se habían establecido en la literatura occidental, a partir de una mirada crítica y política, que logró yuxtaponer con el marxismo.
Agatha Christie fue una de las primeras mujeres que escribió novelas de detectives a comienzos del siglo XX y ese solo hecho fue transgresor. Pero, además, su pluma fue disruptiva e innovadora por introducir narrativas confusas y giros insospechados; por incluir personajes femeninos de carácter fuerte y arrollador (la señora Marple, por ejemplo); por fusionar cuestiones morales y reflexiones sobre la naturaleza humana o la justicia, con la investigación del crimen, y por explorar temas sicológicos y sociológicos, verbigracia, los crímenes pasionales.