En esta Historia de la Literatura empezamos un nuevo capítulo con la intención de recopilar escritores y escritoras que a lo largo de la historia se han atrevido a romper patrones culturales y lo han hecho a través de sus plumas. Personas que directa o indirectamente han escrito y publicado en contra de los sistemas políticos, religiosos y sociales. Autores que deciden poner por escrito lo que pertenecía a la tradición oral; autoras que a pesar de ser mujeres y pertenecer a sistemas patriarcales, se atreven a escribir; hombres y mujeres que desafían el mandato religioso y escriben más allá de lo que deberían; gente que ha dibujado e interpretado el mundo sin importar el régimen prestablecido y cuyas obras han marcado un referente en la historia de la literatura.
Quién mejor que este autor colombiano para cerrar este ciclo de “Plumas transgresoras” en la jácara literaria de El Espectador. Caicedo fue un escritor que llevó su vida al límite tanto en sus escritos como en una existencia muy corta, que pivoteó en torno a su ciudad natal, al cine (su gran pasión), al teatro y a la crítica cultural. Dejó una huella indeleble en la literatura colombiana y en la cultura en general, a pesar de haberse suicidado con solo 25 años.
No solo la pluma del cubano Reinaldo Arenas fue transgresora, sino también su vida. La obra del cubano es considerada como una de las más relevantes de la literatura latinoamericana del siglo XX. Escribió poesía, novela, ensayo y una autobiografía.
Su obra entera rezumó una disidencia radical contra toda forma de opresión. Durante su vida se enfrentó a la pobreza, a la persecución política, a la discriminación contra los homosexuales, al exilio, a la enfermedad y al suicidio. Formó parte de las fuerzas revolucionarias que pretendían derrocar a Fulgencio Batista, pero ese régimen, el castrista, al que ayudó a llegar al poder, fue el mismo que lo persiguió y encarceló, además de censurar sus escritos.
La mayor transgresión de Margaret Atwood fue la de imaginar a Estados Unidos como un régimen patriarcal totalitario basado en interpretaciones antiguas de la Biblia. La escritora canadiense, en su obra más popular, “El cuento de la criada”, publicada en 1985, parte de una crisis social: disminución drástica en nacimientos, infertilidad de las mujeres y desastre ecológico. De acuerdo con una corriente política que termina triunfando, esta crisis se ha dado por el papel que han asumido las mujeres en las sociedades modernas, y por eso es necesario despojarlas de los derechos adquiridos, someterlas al dominio absoluto de los hombres y regresar a los principios religiosos del cristianismo que establecen que la mujer debe estar al servicio del hombre. Las pocas mujeres fértiles que quedan y que, por alguna u otra razón han cometido algún pecado, deben convertirse en criadas para procrear y estar al servicio de los comandantes de Gilead, la nueva nación norteamericana. Los hijos que engendren luego del acto sexual en el que participan cada comandante con su esposa, son de la familia del comandante, y la criada será asignada a otra casa para que su vientre sirva de nuevo para dar a luz.
La primera novela de Françoise Sagan, Bonjour tristesse (Buenos días, tristeza), escrita cuando la autora tenía diez y ocho años y publicada en 1954, la catapultó a la escena literaria francesa. Con su pluma transgresora y, sobre todo, con esta novela, afirmó Stefan Bollman, “la seriedad del existencialismo se disuelve en una mezcla de amargura y estados de ánimo. Y los estados de ánimo son una expresión de algo sobre lo que no tenemos poder alguno, la capa más baja, por así decirlo, de la psique; es a esta parte de nosotros mismos, en gran medida inaccesible al pensamiento, a la que el arte y la música han apelado siempre” (traducción libre, Women who Write are Dangerous, Abbeville Press Publishers, 2018).
Milan Kundera exploró con su pluma transgresora los grandes dilemas del siglo XX: la identidad, la libertad, el exilio y la significancia (levedad o peso) de la vida privada. Su vida lo llevó expatriado de la antigua Checoslovaquia a Francia, donde se convirtió en apátrida. Su obra fusionó la reflexión filosófica con la tradición narrativa, la crítica a la opresión ideológica, la frivolización de la experiencia privada y el olvido. Él mismo se refiere a la labor de los novelistas así: “Los novelistas perfilan el mapa de la existencia descubriendo tal o cual posibilidad humana. Pero una vez más: existir quiere decir ‘ser-en- el-mundo’. Hay que entender como posibilidades tanto al personaje como su mundo” (El arte de la novela, Maxi Tusquests, 1986, p.59).
La voz de James Baldwin resuena a la hora de pensar las cuestiones raciales, de cultura, de identidad de género y de justicia social. Escribió novelas, ensayos, discursos y obras de teatro. Se convirtió en activista y una figura pública en la lucha de los derechos civiles. De su obra literaria se desprende un llamado urgente a la justicia en todas sus acepciones.
Holden Caulfield, el protagonista de la novela más conocida del J.D. Salinger, “El guardián entre el centeno” (1951), se convirtió en el símbolo de la juventud de la post guerra. Salinger fue una de las plumas más transgresoras de la literatura estadounidense del siglo XX por crear ese personaje adolescente que rechazó y criticó las construcciones culturales y sociales; que se rebeló contra los adultos y sus contradicciones y que se volvió símbolo arquetípico de una incesante búsqueda de coexistencia. La reseña de The New York Times del 15 de julio de 1951 hecha por el periodista James Stern se refiere al personaje del libro que se acababa de publicar así: “Ese Holden descubre que el mundo está lleno de personas que dicen una cosa pero quieren decir otra, y eso no le gusta; odia las películas, a los farsantes, a los engreídos, a los libros mediocres y la guerra. Sí que odia la guerra” (“The New York Times Book Review: 125 Years of Literary History”, The New York Times Company, 2021, p. 151, traducción libre). Pero la transgresión del escritor estadounidense fue más allá de su famoso Holden, pues detestó la fama que le supuso la publicación de la novela: se negó a dar entrevistas, giras promocionales y desconfió siempre de la prensa. Se aisló durante muchos años de todo el ruido mediático que significaba la vida de un escritor de renombre.
Carson McCullers fue una de las voces más relevantes de la literatura estadounidense. Su transgresión radica en una prosa aguda que refleja las contradicciones y la intensidad de los sentimientos en diálogo directo con un país herido de racismo y segregación de género. La escritora estadounidense centró su pluma en la búsqueda interior. Sus personajes fueron personas solitarias y marginadas que estuvieron en constante exploración. “El aislamiento del individuo es el gran tema de McCullers”, afirmó Stefan Bollmann en “Women Who Write are Dangerous” (Abbeville Press Publishers, 2018, p. 134). Un hombre al que solo le quedaba un año de vida: su forma de relacionarse con las personas generaba una visión diferente del tiempo, como en “Reloj sin manecillas” (1961), víctimas de discriminación social en “El corazón es un cazador solitario” (1940) o seres incomprendidos o que no tienen voz, como en “Frankie y la boda” (1946).
La pluma de Boris Pasternak fue muy transgresora porque se atrevió a cuestionar al régimen soviético. Fue víctima de persecución política, como muchos otros escritores de su tiempo durante el gobierno de Stalin. No fue encarcelado, como sí lo fueron otros intelectuales y artistas, quizá porque ya gozaba de reconocimiento internacional.
El periódico español La Vanguardia calificó a la italiana Elsa Morante como “uno de los siete mayores escritores de Europa” (“Letras sobre letras, 1988, p. 29, citada por Mara Mennella en “La obra de Elsa Morante en la prensa española”, “Revista: estudios humanísticos”, 42). Su pluma fue transgresora en varios sentidos: en primer lugar, por una prosa en la que expresó de manera poética duras realidades, por la riqueza emocional de sus novelas, por su compromiso con las causas sociales, por su diatriba contra los extremismos políticos, por su crítica hacia el consumismo y la deshumanización, y por la forma como yuxtapuso la historia colectiva con su vida personal. De hecho, en una de sus obras, tal vez la más célebre y controversial, “La historia” (1974), Morante fundió “la grande y universal historia, en forma de crónica de los acontecimientos más relevantes del siglo XX, con la pequeña y particular historia de sus desamparados personajes de ficción, hasta construir dos relatos: la historia del poder y la historia de las víctimas del poder” (Prólogo de Juan Tallón de “La historia”, Elsa Morante, Lumen, 2018, p. 5).
E.M. Forster: la aceptación de la otredad. El escritor inglés Edward Morgan Forster supo retratar con sutileza los problemas sociales de su país yuxtapuestos a una visión íntima del comportamiento humano. Sembró la semilla de lo que más adelante sería la aceptación de la diferencia; para Forster las personas tenían que superar las barreras de las convenciones sociales preestablecidas. Sus escritos sirvieron de puentes culturales gracias a sus viajes a India, Italia, Grecia y Egipto.
Federico García Lorca fue un poeta nato que supo fusionar lo popular y lo culto; lo antiguo y lo nuevo; lo espontáneo y lo reflexivo; lo español y lo universal. Pero, además, sus versos transgredieron la usanza del momento al resucitar el romance tradicional y recrear la antigua poesía de cancionero y la lírica del juglar.
La pluma de Sylvia Plath es una de las más intensas, honestas, conmovedoras y transgresoras de la literatura anglosajona del siglo XX. Su escritura, que rompe con las convenciones literarias y sociales, refleja tanto su dolor y sufrimiento personal como su lucha radical contra las construcciones culturales patriarcales. Asimismo, su poesía innovadora enfrenta el tabú de las enfermedades mentales.
Bárbara Becker-Cantarino, en su artículo “Voces del segundo sexo”, explica que Plath es una de las herederas de esa necesidad de expresión del “yo” femenino: “[…] Plath intentó encontrar una salida al perpetuo delirio femenino: el idilio de la joven hermosa y perfecta como ama de casa, madre y escritora”.
La de Samuel Beckett fue una de las plumas más transgresoras del siglo XX. Fue uno de los principales exponentes del experimentalismo literario y del teatro del absurdo. Su escritura se caracterizó por la austeridad formal y el minimalismo, ya que llevó al límite la reducción de aparatos narrativos o escénicos; también, por explorar las angustias del hombre moderno: la falta de comunicación, la búsqueda de significado de la existencia, el tedio y la precariedad de la condición humana. De la misma manera, se valió del humor negro y la tragicomedia para expresar las incongruencias de la sociedad y la pesadumbre de los individuos.
Pablo Neruda fue un poeta prolífico, un referente fundamental no solo de las letras latinoamericanas, sino de la poesía universal. Se desempeñó además como político y diplomático. Su pluma fue transgresora por sus posturas políticas y su compromiso social; por su desempeño controversial en algunos de sus cargos diplomáticos; por el estilo de sus versos; por su mensaje sencillo, realista y a la vez vanguardista; por sus cantos apasionados al amor y a la naturaleza.
Vera Caspary fue una de las autoras elegidas por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para la colección de novela negra “El séptimo círculo”. En efecto, la estadounidense merecía un lugar en esa maravillosa colección donde los escritores argentinos eligieron a los mejores autores que, por referencia a La comedia de Dante, deberían estar en el círculo de los asesinos. Su obra abarca no solo novela, sino también guiones de cine, teatro y cuentos. Pero su pluma no solo fue transgresora por insertarse en el canon americano de la novela negra y en el centro de la producción cinematográfica de Hollywood, sino porque supo yuxtaponer varias de las preocupaciones de género y sociedad en la estructura de su obra.
La belga Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour, más conocida como Marguerite Yourcenar, fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa en 1980; una de las escritoras más importantes del siglo XX y un referente fundamental de la literatura francófona. Su obra —poesía, novela, relatos, ensayos y traducciones— se caracterizó por una mirada aguda y cuidadosa de la condición humana.
La italiana Grazia Deledda fue la segunda mujer en ganar el Premio Nobel de literatura, pero su pluma no fue transgresora únicamente por este hecho. También la certeza de que era necesario marginalizarse de una sociedad opresiva y juzgadora le permitió avanzar en sus letras y en su intelectualidad: después de sus primeras publicaciones, sus conciudadanos sardos la condenaron severamente por apartarse de los presupuestos católicos y sociales que debían regir el comportamiento femenino. Además de su vasta obra literaria, la escritora fue una observadora cuidadosa de la sociedad, de las costumbres, leyendas, mitos y, sobre todo, del papel de la mujer en su Cerdeña natal.
La pluma de Robert fue tan compleja como fascinante y transgresora. Desafió géneros y convenciones literarias preexistentes; su vida estuvo marcada por la búsqueda intelectual de la condición humana; autor de una de las obras más ambiciosas e influyentes de la modernidad: El hombre sin atributos, inacabada, publicada en dos volúmenes entre 1930 y 1943. Ignacio Echavarría utiliza las notas póstumas de Albert Camus en las que se refirió al tema de Musil como “la búsqueda de la salvación del espíritu en el mundo moderno”. Dice: “Se trata, sin embargo, de eso mismo, nada menos: del espíritu, sí, y de la modernidad, y de su salvación. Y de la búsqueda de esa salvación a través de la literatura. Una búsqueda en la que, pese a haber quedado inconclusa, El hombre sin atributos llegó hasta extremos jamás vislumbrados, y dejó señalado un rumbo que muy pocos se han atrevido a seguir, quizá por las exigencias que plantea, por la altura vertiginosa a la que discurre” (La literatura admirable, dir, Jordi Llovet, Pasado y Presente, 2018, p. 575).
Con una pluma tan poética como combativa, Miguel Ángel Asturias rompió las fronteras entre lo mítico y lo político, entre lo real y lo maravilloso, para fundar una literatura enraizada en la identidad latinoamericana y comprometida con la denuncia social.
Las transgresiones de la pluma del guatemalteco Miguel Ángel Asturias fueron varias: la fusión en la literatura de la mitología indígena con las problemáticas sociales y políticas de la región; la utilización de un estilo vanguardista y moderno, que integró elementos surrealistas y la combinación de lo fantástico con lo político. Asimismo, estableció las bases de la novela de dictador en América Latina y se convirtió en un referente de las letras universales.